uestra Guerra de Independencia ha sido pasto donde todas las interpretaciones imaginables han dictado veredictos iconográficos: Bolívar, Páez, Miranda. Tras esa precisión particularizada encontramos procesos que trascienden lo personal. Son innegables, tácitos, pero no siempre visibles. Uno de ellos tiene que ver con la presencia de dos proyectos antagónicos que se disputan el control de la sociedad venezolana durante ese largo conflicto. El primero, personificado por Bolívar y sus más cercanos colaboradores, imbuidos de la doctrina política republicana y revolucionaria en boga. El segundo, conservador, representado por la élite colonial imperante —la verdadera «ganadora» de la Guerra— cuyo principal propósito fue perpetuar sus seculares privilegios estamentales, así tuviera que renunciar a ciertas formalidades dentro de una «República» que, en la práctica, siguiera siendo «Colonia» tras el triunfo de las armas republicanas. Afirmar que la Colonia vive como interioridad sustantiva en Venezuela, pese a la superación histórica que supone la independencia formal de la Metrópoli en 1830, no es un simple juego de palabras. Significa, como lo demuestra el autor, la continuidad y permanencia de un entramado de poder oligárquico que, con las variantes de forma, sobrevive sistémicamente a las vicisitudes y pretensiones de un Bolívar que, despojado por un momento de infalibilidad mítica, se presenta en esta obra no sólo como ser humano, sino como ejemplo de virtud que no necesita de exaltaciones demagógicas para demostrar su grandeza.
Los Editores |